sábado, 8 de octubre de 2011

¡Tierra Trágame!


Ahí van algunas situaciones de ridículo de Jorge Wagensberg:

El pésame. Acaba de perder al amigo que le enseñó bucear. Ha muerto trágicamente con las aletas puestas. Era un amigo reciente, pero había hecho muy buenas migas con el él y con sus simpatiquísima esposa. La cola para reconfortar a la viuda es muy lenta, demasiado lenta... Da tiempo para pensar en el difunto... y en otras cosas. La menta se va de una cosa a la otra hasta que, de repente, se encuentra delante de una cara deshecha, ausente, con la mirada sin foco... Cuando su cerebro envía la orden urgente de cerrar la boca, ya es tarde. La palabra se ha escapado: Enhorabuena. Ha sido un susurro, pero ha sonado como un trueno. ¡Tierra trágame!

La entrevista. Es periodista y, tras una buena carrera de quince años, acaba de perder su empleo por primera vez. Pero es muy posible que todos se solucione en los próximos minutos. La entrevista con la jefa de la sección de economía de un gran rotativo de ámbito nacional. No se conocen, pero cada una sabe quién es la otra. Incluso es muy posible que se admiren mutuamente. La conversación arranca fluido Todo parece encajar, talante, sentido del humor, personalidad. Ya se tutean con cierta intimidad. Es entonces cuando la aspirante descubre un pelo negro en el blanco pecho escotado de su futura jefa y amiga. Su inconsciente mira al pelo y, sin encomendarse al consciente, ordena uin gesto a la pinza que forman el pulgar e índice de la mano derecha. Es un gesto, cómplice y cariñoso, de mujer a mujer: agarrar el pelo y tirar de él con gracia y decisión. Un seco y agudísimo ¡ay! Cruza la redacción levantando miradas de alarma a su paso. Las abiertas sonrisas de las dos mujeres son ahora dos muecas de idéntico estupor. Aquí, y nunca mejor dicho, acaba la historia. ¡Tierra trágame!

El nacimiento. Tiene cuatro años y acaba de llegar a la clínica para conocer a su hermano recién nacido. Le han explicado de manera un poco confusa como vienen los bebés al mundo. Cuando entra en la habitación de la mano de su padre, el asunto aún le da vueltas en la cabeza. Piensa, a su manera, que lo que le han contado quizá sea una especie de metáfora ¿qué puede ser si no? En la habitación encuentra al recién nacido, mamá y una enfermera de colosal y afiladísima nariz. El niño no mira a su hermano, ni a su madre, ni a su padre. Mira fijamente la nariz. La enfermera pone los ojos en blanco como diciendo “ya estamos otra vez”. La madre mira al padre como diciendo “haz algo”. El padre mira a la madre como respondiendo “dime tú qué”. Pero el niño no aparta la vista de la nariz, como comprendiendo por fin, sonríe de lado a lado y concluye: “Ah, tú debes ser la cigüeña, ¿no? ¡Tierra trágame!

Aquí tienes la de un antiguo alumno, Ángel Lucas:
El moco. Fue en primavera y andaba yo en celo. Había quedado con Mari Puri, bueno miento, ella quedó conmigo y eso era algo fenómeno, porque no veas como estaba. Así que aquel día me puse mi camisa favorita, me lave todos los dientes y ensayé miradas a lo Bogart. Así como a las 7, apareció Mari Puri y enseguida mi cuerpo entró en reacción, fui a calcarla un par de besos, cuando un fenomenal moco verde se descolgó de mi nariz y resbalando por la barbilla se instaló en mi flamante camisa. Mari Puri miró primero al moco y después a mí y de pronto recordó que tenía que irse porque tal, tal y tal... Así que se fue y yo me quedé sin Mari Puri y con moco. ¡Qué pena! Porque no veas como estaba.

Ahí va la mía:
La sudadera. Iba a trabajar a la oficina tan contenta. ¡Estrenaba sudadera! Preciosa, de color azul, con las siglas UCLA bien visibles, como esa se veían pocas por Madrid. Me gustaban las miradas que cosechaba al pasar. Cuando de repente oí unos pasos presurosos detrás de mí. La desconocida me dio un ligero golpecito en el hombro y me dijo:
-Perdona, tienes la etiqueta con el precio puesta en tu sudadera.
Le di las gracias amablemente. Me la quité como pude.

Ahora redacta la tuya: recuerda o inventa una situación ridícula y escríbela para contársela a tus compañeros. Cualquier parecido con la realidad será pura coincidencia.

Querido ladrón del metro, Cecilia Yacobi 4ºA
El otro día subí al metro y, al entrar en el vagón, saqué mi ipod y me coloqué los auriculares para no aburrirme en el viaje mientras seleccionaba a mi grupo favorito. En la siquiente parada, se subió un chico ''cani'' al vagón y se sentó a mi lado. Iba vestido con un chándal llamativo, zapatillas de marca, gorra y llevaba colgadas del cuello unas cuantas cadenas e insignias de oro (sino lo eran, al menos eran de color dorado). Llevaba música en el móvil a todo volumen, molestando a los demás pasajeros, yo incluida. Desbloqueé el ipod, me subí el volumen, cerré los ojos mientras me sujetaba el ipod a los vaqueros y le ignoré. Íbamos por Aluche cuando noté que la música paraba de sonar. Al abrir los ojos, vi al chaval corriendo a toda pastilla por el andén. Solo decir una cosa:
Querido ladrón del metro, la próxima ve que intentes robar a alguien su reproductor de música, asegúrate antes de que no tenga los cascos puestos si de verdad quieres llevártelo.
Una señora sentada delante de mí, me miró, desvió los ojos hacia el ipod que colgaba sobre mi pierna y movió la cabeza de lado a lado, negando.
-Estos jóvenes de hoy en día... -suspiró. -Ya no saben ni robar.
Y aunque me quedé a cuadros, debo admitir que tenía más razón que un santo.

Mangueras amarillas, Kevin Rivera Loor 4ºA
Cierto día tenía ganas de hacer skate. Hacía un día maravilloso, el sol brillaba y el cielo estaba completamente azul. Salí de mi casa, cogí el metro y fui a Marqués de Vadillo que está muy cerca del skatepark. Llegué al carril bici y me subí al skate. Me desplacé unos pocos metros cuando de repente choqué contra algo y me caí rodando unos metros hacia delante. En ese momento sentí mucha vergüenza y me levanté como si no hubiera pasado nada. Un coche que venía detrás paró, bajó una señora y me dijo:
-¿Te has hecho daño?-me preguntó al verme.
-No-dije muy avergonzado, aunque tenía grandes raspones y sangraba.
-¿Quieres que te cure las heridas?-me preguntó al vérmelas.
-No, gracias
-¿Estás seguro? Tengo un botiquín en el coche
-Bueno, vale-contesté
Después de haberme curado las heridas y haberse ido, me giré y vi contra lo que me había tropezado. Era una manguera gruesa amarilla. Desde entonces cada vez que voy hacia el skatepark miro antes si hay mangueras. Desde aquel vergonzoso día odio las mangueras amarillas.

El diario de Patricia, Almudena Ruiz Romero 4ºA

Hace un año, durante una tarde de invierno con mis amigas se nos ocurrió grabar videos imitando al programa de Antena 3: " El Diario De Patricia ".
Contábamos historias de rupturas amorosas complicadas, embarazos no deseados, riñas y discursiones... todo en clave de humor. Una siempre imitaba a Patricia, en este caso, Sandra. Las demás nos encargabamos de encarnar a un personaje siempre exagerado y ficticio.
En una de estas simulaciones yo hacia de una embarazada adolescente a la cuál su novio le habia dejado con el bombo a cuestas. Me puse una mochila hacia delante semejando la tripa de una embarazada y simulando sus dolores. Mientras hacíamos el "sckets" una señora de mayor edad se acercó y me preguntó con una cara de incomprensión:
- Niña, ¿te encuentras bien?
- Sí, no me pasa nada
La señora creía que me pasaba algo pero al final dejó de creer que yo estaba embarazada y se fue por donde vino. Al instante todas nos miramos y nos empezamos a reir a carcajadas, quedó como una anécdota más de nuestras tardes locas.

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